La red nos pone las cosas fáciles. Antiguamente debíamos conformarnos con aquello que otros habían masticado por nosotros, reseñas, fuentes indirectas, narraciones construidas con retazos de relatos ajenos. El profesor y el libro de texto tenían la última palabra, la verdad era única y el libro, sagrado. Hoy hemos sido liberados de esa cadena, pero son muchos los que aun no se han dado cuenta.
Desde las aulas nos empeñamos a menudo en hacer relatos enciclopédicos, como si todavía fuera creíble esa idea de que “hemos explicado algo” y ese algo tuviera un sentido de totalidad. Dejando a un lado las consideraciones, ciertas, sobre la brecha digital y su relación con la brecha social o la económica, parece evidente que nuestro acceso a la información ha dado un salto espectacular. El problema ya no es encontrar información, no hay dificultad para encontrar montañas de documentos fiables y serios a través de la Red, el problema es organizar esa información, jerarquizarla, ordenarla y hacerla provechosa.
La Red ha de cambiar nuestro modo de dar clase, pero también los alumnos tendrán que modificar su manera de estar en clase. Costará mucho tiempo y quizás muchos pasos en falso. Las rutinas escolares son poderosas y resulta complicado escapar de la larga sombra de la clase magistral, de los ejercicios para casa, de los esquemas del libro y las lecturas subrayadas sobre un texto oficial.
Ahora si queremos aprender Historia del siglo XIX podemos acudir al siglo XIX mismo. El Ministerio de Cultura ha puesto a disposición de todos los internautas su Archivo de Prensa Histórica, donde podemos seguir los acontecimientos de la época tal y como los recibían sus protagonistas.
Periódicos satíricos como La Flaca o La gorda nos dan una idea mucho más cercana al ambiente político del Sexenio Revolucionario que cualquier resumen, esquema o explicación magistral que uno pueda ofrecer. También las propias páginas web de algunos centenarios periódicos nos ofrecen la posibilidad de entrar en sus fondos históricos y bucear directamente en la Historia, es el caso de La Vanguardia de Barcelona o el Adelantado de Segovia

No podemos olvidar tampoco las posibilidades que nos ofrece la Gazeta de Madrid, sustituida años después por el Boletín Oficial del Estado (BOE). En ella encontramos las series históricas del BOE accesibles gracias a un potente buscador que nos facilita la tarea de dar con leyes, decretos y constituciones.
Los archivos estatales también han ido abriendo secciones históricas accesibles digitalmente. Podemos por ejemplo, acceder al Catastro de Ensenada y buscar las respuestas que en el mismo daban los vecinos de “Chozas de la Sierra” en ese remoto final del siglo XVIII que hace nada veíamos en clase.
Textos, comentarios, apuntes, esquemas, presentaciones y fuentes esperan nuestra visita. Nadie puede quejarse de falta de materiales, el desconocimiento no tiene excusa, hoy nuestra ignorancia es dolosa.


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