
La Geografía trata de dar razón de las realidades espaciales del presente. La ciudad es la gran protagonista de los espacios geográficos modernos, la ciudad ha crecido hasta hacer casi omnipresentes sus estructuras, su cultura, sus modos y tipologías. El crecimiento de las grandes ciudades en todo el mundo es una evidencia y el fenómeno urbano ocupa espacios que hasta hace muy poco tiempo eran considerados rurales.
Pero la ciudad ha cambiado. Ya no es aquel espacio cerrado por una muralla, ni aquel otro rodeado de un cinturón industrial. Hoy en día la ciudad ha multiplicado sus formas, ha emborronado los límites, en algunos espacios urbanos la ciudad se ha ruralizado, de ello da muestra desde antiguo “la ciudad jardín”, los barrios residenciales de chalets o las tipologías arquitectónicas ruralizantes; pero también lo es que el campo se ha urbanizado. Los límites entre el campo y la ciudad son cada día más imprecisos. Una vaguedad en la que la cultura urbana tiene una responsabilidad fundamental, los modos culturales de la ciudad tienen una influencia universal, la globalización ha “globalizado” la ciudad.
Por otro lado, la ciudad ha perdido algunas de las características que la hacían reconocible. La ciudad, como centro de relación, como espacio de comunicación, ordenada entorno a la plaza y el mercado ha perdido su antigua personalidad. Los espacios urbanos, se cierran, protegidos por nuevas barreras de seguridad; se protegen de las inclemencias del tiempo; se convierten en “Variaciones de un parque temático”, tal y como describe el arquitecto norteamericano Michael Sorkin en el libro homónimo. En este ensayo una decena de autores analizan varios ejemplos ciudadanos, varios modelos de ciudad contemporánea reconocible perfectamente. Las ciudades que se describen en el libro de Sorkin son nuestras ciudades.

Espacios cerrados, jardines cubiertos, arquitecturas fingidas, espacios mastodónticos elevados a mayor gloria de las grandes franquicias de moda y complementos. Hoy podemos viajar por toda Europa visitando centros comerciales idénticos, apenas personalizados por pequeñas especializaciones decorativas, por la oferta de ocio más o menos amplia que ofrecen. Centros comerciales donde podemos hallar no sólo cualquiera de las firmas de moda de nuestro tiempo, sino que además nos ofrecen la posibilidad de jugar a los bolos, ver una película o elegir cenar en uno de los variados restaurantes “temáticos” que estos lugares ofrecen. todo cortado con el mismo patrón, todo en cartón piedra, en una atmósfera de eterna primavera, protegidos por un ejército de guardias de seguridad que velan por que nuestra estancia sea perfecta. El ocio de las sociedades urbanas gira hoy en torno a estos grandes centros, perfectamente comunicados y que nos ofrecen miles de plazas de aparcamiento. No sólo los jóvenes consumidores se entregan a la ceremonia de consumismo que allí se celebra, familias enteras han hecho de la tarde del sábado la ocasión perfecta para recorrer los pasillos refrigerados de estos lugares de “ensueño”. Y de ensueño digo porque como bien señala Sorkin y sus colaboradores, todo el entramado arquitectónico, urbanístico y estético que los sostiene son una ensoñación, un trampantojo, un teatro, cuya esencia es el propio comercio.
Pero la atención del arquitecto norteamericano y sus colaboradores no se detiene sólo en la cultura del centro comercial, aborda con idéntica agudeza los campus-tecnológicos o los barrios centrales de las ciudades sometidos a procesos de “gentrificación”. Leo y me asombro de cómo una descripción hecha sobre ejemplos estadounidenses se acomoda de un modo tan exacto a la realidad e nuestras ciudades. Cómo nuestras universidades y las autoridades locales que las acogen se esfuerzan por crear campus donde convivan los departamentos de investigación y las empresas, donde ese llamado I+D fructifique y rinda réditos como los rindió en su día el primero de ellos, el formado por la universidad californiana de Stanford y el conocido como Sylicon Valley. En 1927 Frederick Terman, “alma mater” de esta criatura escribía sobre lo que debía ser ese campus y su relación con la producción industrial: “una comunidad de especialistas técnicos [que] se compone de una serie de industrias que utilizan tecnologías muy sofisticadas, junto a una universidad potente y sensible a las actividades creativas de las industrias que la rodean. Este modelo parece ser la perspectiva del futuro”. Hoy casi cien años más tardes nuestros campus universitarios tratan de seguir la senda trazada por Terman. Leer la prehistoria de las grandes corporaciones tecnológicas, desentrañar las biografías personales y empresariales de los “emprendedores” protagonistas de la revolución tecnológica y su influencia en los parámetros de éxito, de formas de vida y de relaciones personales hegemónicos en nuestras sociedades, resulta revelador.

En cuanto a los procesos de “gentrificación”, resulta clarificador el caso del Lower East Side de Nueva York, el modo en el que un barrio popular es progresivamente ocupado por clases medias que lo transforman a su gusto y que terminan por desplazar a la población que lo ocupaba. Los espacios se cierran, la “inseguridad” del barrio se convierte en asunto esencial de la política de municipal y la gestión de los espacios públicos da un repentino vuelco hacia el control, la compartimentación y la obsesión por la seguridad. Madrid y Barcelona conocen procesos parecidos de recuperación de los cascos históricos que tienen mucho en común con lo descrito en el libro de Sorkin.

“Variaciones de un parque temático” es un libro de geografía que da gusto leer, es un libro de geografía que hace afición, pues nos habla de espacios contemporáneos, de espacios que son muy superficialmente abordados en la geografía escolar, y es una verdadera pena. Nos cuenta también las profundas transformaciones que en nuestras sociedades está produciendo la “virtualización”, no sólo jugamos con los SIM a que tenemos una vida, o jugamos a que pilotamos aviones con los potentes simuladores de nuestras consolas y ordenadores, nuestros espacios son cada día más virtuales, imitaciones de la realidad o incluso recreaciones de realidades que nunca han existido. Fenómenos como el turismo rural o el de aventura se sostienen de idéntica manera, el “haga como si fuera”, “sienta como si estuviese”. Pasearnos con atentos ojos de geógrafo es la mejor manera de conocer los espacios del presente. Pero si queréis darle a esa observación un poco de enjundia teórica asomaros a las páginas de este libro.
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