Cantabria tiene un espacio en el imaginario cultural de todo el mundo gracias al arte paleolítico y muy especialmente a las pinturas de la cueva de Altamira. El descubrimiento de las pinturas de la cueva que hiciera en 1879 el erudito cántabro Sanz de Santuola contribuyó notablemente a afianzar una revolución sobre la misma idea de “humanidad” que comenzaba a desarrollarse en occidente.
Llegaron las pinturas justo en el momento en el que la ciencia comenzaba a abrirse a la teoría de la evolución, donde el racionalismo y el positivismo hacían mella fundamental en la religiosidad occidental y ponía a prueba creencias tan acendradas hasta entonces como la “creación” divina del mundo o la consideración del ser humano como criatura “a imagen y semejanza de Dios”. La idea de que el hombre pudiera derivar de primitivos simios era insoportable para muchas conciencias, la monstruosidad de tales planteamientos fue ocasión incluso de burlas, ya os comenté en su día como la marca Anís del Mono ironiza en su dibujo con la teoría de la evolución y le da al mono los rasgos de Darwin.
El descubrimiento del arte paleolítico dio un nuevo vuelco a los debates sobre la “humanidad” del hombre, su evolución y las supuestamente sofisticadas características del hombre moderno. ¿Como era posible que unos seres humanos primitivos hubieran alcanzado una perfección artística tan notable? ¿Qué sentido tenían aquellas pinturas hechas en lo más profundo de una cueva?. Para muchos y durante mucho tiempo aquellas pinturas eran tan incomprensibles dentro de su esquema de conocimiento del “hombre primitivo” que no podían ser otra cosa que falsificaciones. Sanz de Santuola murió sin ver reconocido su descubrimiento, despreciado y vejado por los “especialistas” de su tiempo. Hasta 1902 en que el prehistoriador Émile de Cartailhac publicó su “Mea culpa d’un sceptique” después del descubrimiento en Francia de otras cuevas decoradas similares a Altamira, la prehistoria no reconoció la autenticidad de las pinturas.
A partir de entonces la investigación siguió varios frentes. En primer lugar la búsqueda y catalogación de nuevos yacimientos con pinturas rupestres. En segundo lugar, el estudio de las técnicas, pigmentos y tipologías de las pinturas halladas en las cuevas. Por último los investigadores trataron de explicar las razones que llevaron a los hombres del paleolítico a pintar aquellos signos y aquellos animales en las cuevas. Hoy podemos afirmar que en cuanto al primer punto y el segundo los avances han sido notables. El catálogo de cuevas con pinturas alcanza el número de 324, distribuidas fundamentalmente por el sur de Francia y el norte de España.
A Altamira se sumaron otros grandes yacimientos como Lascaux que dieron una idea más completa del alcance e importancia de la pintura paleolítica. También nuestro conocimiento sobre la técnica pictórica es poco menos que completa, precisamente el intenso estudio sobre las técnicas ha permitido realizar reproducciones tan fidedignas como la que hoy puede verse en el Museo de Altamira. Mucho más endebles son nuestros conocimientos sobre el significado de las pinturas, sobre su sentido cultural o social.
Las primeras teorías, aun presas de la admiración que despertaron las pinturas, entendieron estas como un claro ejemplo de el arte por el arte, el goce estético como única razón para la pintura, una manifestación artística posibilitada por una sociedad que merced a la técnica y a su organización podía permitirse espacio para el ocio y por tanto, espacios para actividades perfectamente inútiles en términos alimenticios. A estas consideraciones poco convincentes siguieron estudios que vinculaban las pinturas con algún tipo de pensamiento mágico propiciatorio, se pintaban los animales que querían cazarse, aquellos de los que dependía la supervivencia de la comunidad en este sentido los estudios del abate Breuil, fueron muy impotantes. Sin embargo esa explicación dejaba fuera todas las pinturas simbólicas que adornaban las cuevas, los claviformes, los tectiformes, los puntos, las manos……. La explicación siguió entonces buscando implicaciones mágicas y simbólicas pero por otro camino. Leroi-Gourhan, destacó que los animales tenían valores simbólicos y que en las cuevas los ciervos se oponían a caballos o a ciervos, y que los símbolos también se oponían marcando una diferenciación sexual, unos eran símbolos masculinos otros femeninos, completándose los unos a los otros dentro de un marco que era entendido como femenino, la propia cueva. Más recientemente, superando las ideas de Gourham, cada cueva ha sido vista como un santurario particular con su código específico, un código que se intuye pero que resulta difícil de entender, así los estudios realizados en este sentido por autores como Bernaldo de Quirós en Altamira destacan la unidad de sentido de cada cueva, de cada santuario.
En este estado de cosas tenía yo mi particular conocimiento hasta la lectura de este libro, \”La mente en la Caverna\” de David Lewis-Wiliams, un especialista en arte rupestre para quien las pinturas de las cuevas están relacionadas con lo que el llama “chamanismo”, refiriéndose a una serie de prácticas mágico-religiosas en las que el uso de sustancias psicotrópicas o estados inducidos de aislamiento y concentración llevan a sus protagonistas a experimentar visiones. Estas visiones son para sus protagonistas puertas de comunicación a otros espacios de la realidad, a otras dimensiones, en las que aparecen animales y símbolos dotados de significados iniciáticos y ejercen de guías de los sujetos sometidos a estas experiencias. La cueva sería una especie de membrana de comunicación entres estos mundos, las pinturas serían la plasmación de las visiones percibidas en los arrebatos mágicos de los chamanes. En esta teoría serían esenciales los chamanes, aquellos individuos dotados de una especial sensibilidad para las visiones o aquellos individuos que conocían los ritos, técnicas y sustancias que se precisaban para abrir esas puertas de la percepción que se pretendían. Para Lewis-Williams la capacidad para crear mundos paralelos, dotar de significado profundo a las visiones y la compleja sustancia de los sueños y las construcciones simbólicas a ellos asociados, está unida a la evolución del cerebro humano. De hecho, para el autor serían los hombres de cromagnon los primeros dotados de esta capacidad, lo que les distinguía de los neandertales y les acabó dando una ventaja evolutiva que explica nuestra supervivencia. Parece evidente que sólo los cromagnones enterraron a sus muertos siguiendo ritos, parece también evidente que sólo los cromagnones fueron capaces de realizar objetos artísticos, pinturas y pequeñas esculturas en hueso.
En opinión del Lewis-Williams será la construcción de ese mundo mágico que el desarrollo neuronal del hombre moderno hace posible, la esencial diferencia que explica nuestro triunfo como especie. La realidad, y he aquí la riqueza de los matices y el fogonazo que supone la visión de este autor, es una construcción que los seres humanos hacemos en nuestra mente. No existe si no está pensada, sentida o percibida en nuestro cerebro, por lo tanto las construcciones mágicas, son tan reales, salvíficas o reveladoras como las tangibles, pues al fin y a la postre se construyen en nuestra cabeza del mismo modo y nos hacen actuar de forma idéntica. Da igual que sean tangibles o intangibles, nuestras acciones están dictadas no tanto porque la realidad tenga una forma como porque creemos que la realidad tiene “esa” forma o porque creemos lo que sentimos como real. (No es tan importante que te quieran como el sentirse querido…. por ejemplo) La capacidad simbólica del ser humano moderna ha posibilitado la construcción de complejos sistemas de comunicación, la evolución del lenguaje, la aparición del arte y las creencias mágicas y religiosas que han acompañado al hombre desde sus inicios. Hoy la neorología, en la que se apoya Lewis-Williams para su estudio busca los mecanismos químicos que generan la consciencia, los seres humanos somos conscientes de que somos, y esto parece también una novedad que nos permite construir lo que somos tanto en esa conciencia como en la memoria que lleva asociada y que opera en nosotros de una manera muy diferente a otras especies. Los neurotransmisores, esas sustancias químicas que permiten la comunicación entre las neuronas, y las redes neuronales son capaces de recrear visiones, de mantener recuerdos, de hacernos sentir de modos muy diferentes. La visión aérea, sentirse flotar, ver figuras del pasado, imágenes geométricas, caer por túneles, …. son ejemplos de las muchas sensaciones que nuestro propio cerebro induce y que el autor ve representadas en las cuevas. El libro contribuye no sólo a entender la evolución de las especies, la evolución cultural o repasar los conocimientos que a día de hoy se tienen sobre el paleolítico, sino que nos aproxima al conocimiento de nuestra propia mente y a ver cómo la evolución de nuestro cerebro nos ha hecho ser quien somos, su funcionamiento explica algunos rasgos comunes a las culturas humanas y cómo desde el paleolítico a nuestros días, las necesidades psicológicas de los seres humanos han ido por idénticos derroteros.











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