En las últimas semanas hemos hablado de muchas cuestiones que son el fundamento de la Geografía y la Historia. Hemos hablado de paisaje, hemos comentado también muchas cosas sobre los calendarios, sobre el tiempo como movimiento y el acontecimiento como punto de inflexión en el relato de la Historia. Habéis hecho una estupenda labor de trabajo personal y de resumen diario. Yo también he hecho los deberes. Aquí tenéis una presentación que nos sirve de guión en esta larga primera unidad con la que hemos comenzado el curso.
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De Cronos y de Gea
Publicado Octubre 9, 2009 1º ESO Deja un ComentarioTags: Coordenadas Geográficas, Cronos, Espacio, Gea, Geografía, Historia, Tiempo
Disparar a los relojes
Publicado Diciembre 2, 2008 4º ESO Deja un ComentarioTags: Historia, Revolución, Revolución Francesa, Tiempo, Walter Benjamin
Walter Benjamin en sus “Tesis sobre el concepto de Historia”, dedica la número XV a la entronización de un tiempo nuevo, el tiempo revolucionario, un nuevo orden materializado en una nueva cronología.
“La conciencia de hacer saltar el “continuum” de la historia es propia de las clases revolucionarias en el momento de su acción. La gran Revolución introdujo un calendario nuevo. El día con el que comienza un calendario oficial de compendio histórico acelerado. En el fondo, ese día es el mismo que vuelve siempre bajo la forma de días festivos, que son días de recordación. Los calendarios no miden el tiempo como los relojes: son monumentos de una conciencia histórica de la que no queda en Europa la menor huella desde hace cien años. En la Revolución de julio se registró un incidente en el que esa conciencia todavía se hizo valer. Al caer la tarde dle primer día de lucha sucedió que en varios sitios de Paris, al mismo tiempo y sin previo acuerdo, se disparó contra los relojes de la torres. Un tesigo ocular, que acaso deba su acierto a la rima, escribió entonces:
¡Quién lo creyera! Se dice que indignados contra la hora
estos nuevos Josué, al pie de cada torre,
dsiparaban contra los relojes, para detener el tiempo.”
Los revolucionarios franceses pretenden parar el tiempo, pero también pretenden romper con el tiempo antiguo, con una medida del tiempo que corresponde a la alborada de la revolución. El 20 de septiembre de 1793 el diputado de la Convención Gilbert Romme, planteó la necesidad de intervenir en ese tiempo creando un nuevo ordenamiento que prescindiera de las referencias a la religión y que, siguiendo el espíritu del tiempo, se articulara de acuerdo a la “razón”. El año debía tener doce meses de treinta días cada uno, divididos en tres semanas de diez días llamadas “decadas”. Para que el año solar coincidiera con el revolucionario, al final del año se añadían cinco días, seis en los bisiestos que eran siempre festivos.
Sin duda ese nuevo orden inaugurado por la revolución encuentra su mejor ejemplo en los cambios que los revolucionarios introducen en la medición de su tiempo. Tal y como nos dice Reyes Mate, si el hombre podía modificar el tiempo que articulaba su vida cotidiana, podía, con más razón, cambiar todo lo que ocurría dentro de él.
Acercaos a esta dimensión revolucionaria en esta página dedicada al Calendario de la Revolución Francesa, leyéndolo encontraréis sentido a acontecimientos que nos resulta difícil datar, “convención termidoriana” o “el golpe de 18 brumario”. Merece la Pena
Kairós es el momento oportuno, el tiempo de las cosas. El momento adecuado donde se combinan la potencia y la eficacia con la armonía y la mesura. Los griegos y los romanos adoptaron para representarlo la iconografía utilizada por Lisipo, según ésta Kairós es un joven alado que apoya el pie izquierdo en una esfera. La pierna izquierda está flexionada y sostiene el cuerpo mientras con el brazo izquierdo sostiene una balanza. Las alas desplegadas cargan con el peso del joven que tiene en tensión todo el cuerpo intentando mantener el equilibrio.
Kairós se relacionaba en la cultura latina con la “Occasio”, la ocasión, y en el renacimiento se vinculó a la Fortuna. Nuestra experiencia del tiempo está dividida por la experiencia del tiempo, un tiempo propio, auténtico pero difícil de comunicar y unido a una subjetiva idea de duración; y el tiempo mensurable, un tiempo físico, ese Cronos que devora a sus hijos.
Como Cronos devora a sus hijos yo devoro las páginas del libro del filósofo Giacomo Marramao, “Kairos: Apología del tiempo oportuno” que me sirve de guía y me brinda la ocasión de hablar de nuestra concepción del tiempo y en especial del tiempo personal que nos da sentido.
El tiempo es una de las sustancias esenciales de la historia. No podemos concebir la historia sin él, no tendría ningún sentido, perdería no sólo el suelo sobre el que se asiente sino su propia materia. Pero la historia, como el tiempo, la construimos, es una recreación, una memoria de lo sucedido, de parte de lo sucedido, de algunos de los protagonistas. Cuando este concepto lo aplicamos a nuestra existencia comprobamos rápidamente los extremos de esta concepción, cómo hay lugares, hechos o personas que aparecen iluminados por nuestro recuerdo mientras otros se difuminan y se pierden.
Einstein consideraba que sólo había dos tipos de tiempo, el psicológico y el físico. El primero es el que cada uno de nosotros experimenta y tiene una amplísima gama de variaciones subjetivas. El segundo tipo de tiempo depende de los sistemas de referencia de distintos observadores y tiene un límite objetivo, la otra cara decisiva de la teoría de la relatividad, una constante física general independiente de todo parámetro. Este límite, es constante, y se representa mediante una barrera numérica infranqueable, la velocidad de la luz. Más allá de esa barrera, no tiene sentido hablar de un antes o un después. Ninguna señal y por supuesto ningún cuerpo puede moverse a una velocidad superior a la de la luz. Sin embargo nuestra concepción habitual de tiempo e incluso el tiempo al que nos dedicamos los historiadores, tiene que ver más con el primero que con ese tiempo absoluto y físico que define Einstein.
El concepto griego de Kairós, ese momento oportuno, aparece también en la tradición judía, en el Eclesiastés, se habla de un tiempo para nacer y un tiempo para morir, un tiempo para llorar y un tiempo para reír, un tiempo para el luto y un tiempo para la alegría, un tiempo para el silencio y un tiempo para el diálogo, un tiempo para odiar y un tiempo para amar, uno tiempo para la guerra y un tiempo para la paz.
Del mismo modo hay un tiempo para marcharse y un tiempo para permanecer. En mi caso ha llegado el tiempo de marcharme, el de buscar un tiempo que este año me ha faltado en Campo Real, un tiempo desgastado por los viajes interminables, un tiempo devorado por la intemperie de este instituto.
La ocasión ha surgido, el adolescente alado que simboliza el momento oportuno ha venido a buscarme y me ha ofrecido un instituto cerca de casa, a medio camino de Madrid y de mi universidad, un tiempo que confío en que sea ocasión para avanzar, aprender y construir un tiempo personal que preciso. El año que viene mi paisaje será el de la Pedriza del Manzanares, mi viaje diario un recorrer los sotos y praderías que bordean una de las carreteras más bellas de Madrid.
Ese Kairos me aleja de vosotros, pero como ya os he dicho formamos parte unos y otros de nuestras particulares historias, ya veremos si el tiempo nos desdibuja o nos destaca cuando escribamos la bitácora de nuestra vida.
A mi me queda el consuelo de que si bien nos aleja el espacio el tiempo nos mantiene juntos. Pienso, como lo hacía Ibn Hazm, uno de los poetas más importantes de la literatura andalusí que el tiempo nos une, él lo expresaba de este modo:
Alejado estás dicen; pero no importa
porque vivimos el mismo Tiempo Ineludible.
El sol brilla por encima de ambos
cada día con el mismo resplandor.
¿Puede estar lejos si entre nosotros
sólo hay un viaje de larga jornada?
La sabiduría divina nos ha juntado en su creación.
Me basta esta cercanía. Más, no necesito
Más no necesitamos. La ocasión nos aleja, el recuerdo nos hace presentes y el tiempo nos une.



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